13 abril 2009

Mochila de mi



Al fin ha llegado el metro después de 4 pesados minutos de espera. Me he adentrado en sus entrañas cual si fuese un pájaro perdido que ha encontrado la salida. Al entrar marqué mi territorio igual que un animal -¿Quién de nosotros no lo es? –

La gente empezó a entrar sin tocar el suelo, flotando como si de algún globo cargado de helio se tratase, todos ligeros, ligeros como plumas con finos tentáculos de algodón, tan ligeros que al parecer tenían el alma casi salva – se creían dioses – unos más ligeros que otros. Algunos a duras penas se elevaban unos centímetros – sin embargo eran también ligeros-.

Mi cuerpo se mantenía en el suelo como maldición de mi misma. Tengo una gran mochila, la cual lleva en sus adentros todo el peso de mis miserables años que carga mi espalda. Tan pesada que parece incierta, tan pesada que me ha truncado mis dones y encorvado mi espalda, tan pesada que entre tanto peso me he olvidado de mi misma. En ella llevo el peso de mis muertos, de los fracasos que he tenido y tendré – Aunque para mí seguir vivo sigue siendo un fracaso -, también llevo en ella todo el peso de mi misma, que me condena a llevarlo anclado a mis anchas como una cruz de piedra, solo que aquí no tengo esperanzas de glorias pasado el calvario, sin embargo atravieso los mismo misterios, llevándome a mi misma dentro de ella; y sin embargo, llevándome a mi misma – en todo mi estado de impureza.

De pronto el metro se detiene y se abren las puertas, y de un golpe casi imprevisto como un relámpago en la noche tan inesperado como ruidoso, me desprenden la mochila dos duendes sin voz, y salen huyendo con ella felices por la victoria del hurto, mientras la victima pasmada sollozaba porque había aprendido a vivir con la maldición de sus años y el peso de sus difuntos en la espalda como una cruz de piedra, que ahora la condenaban a la felicidad.

- Ahora ellos cargaran con mis pecados, ¿Qué es esto? Siento que empiezo flotar.


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